Cifras (III) Fraude

Estadísticas y estudios son siempre muy resbaladizos y se pueden quedar en humo, si carecen de contexto. También es cierto que si son suficientemente expresivos (“reveladores”) pueden aportar nuevas piezas a ese mosaico subjetivo, y en permanente construcción, que cada cual va montando y que podemos llamar realidad común. En el tema del fraude, en concreto, ofrecemos una primera entrega sobre algunos aspectos de la situación en Alemania.

La economía sumergida en Alemania alcanza ya más de la sexta parte (17,1 %) del PIB; en euros: 370.000 millones. Si el estado se preocupara de verdad en acabar con ello ingresaría los correspondientes impuestos (64.000 millones) y cotizaciones a la seguridad social -enfermedad, pensiones, seguro de desempleo, etc. (54.000 millones). Con ese dinero se podría cubrir el nuevo endeudamiento público y parte del servicio de la deuda. La economía sumergida, por cierto, crece el doble de rápido que el conjunto del PIB.
Más fraude. En Alemania la sinceridad fiscal de los más ricos deja mucho que desear. Cada vez más. Las delegaciones de hacienda del estado federado de Renania del Norte Westfalia revisaron en el primer semestre de 2003, 267 de las 1.700 declaraciones de la renta de los millonarios de ese Land. Sólo 21 declaraciones eran correctas. En el resto, 246, el fraude cometido fue sancionado con multas que, en total, alcanzaron los 23 millones de euros, 86.000 euros por declaración revisada (en 2001 fueron 47.000 euros por caso). Extrapolando estas cifras a todo el territorio alemán, la cifra permitiría ampliar en varios miles el cuerpo de inspectores fiscales y así luchar más eficazmente contra los delitos económicos, sobre todo los de “cuello blanco”. El gobierno rojiverde ha preferido, en vez de intensificar y ampliar el control, amnistiar (año fiscal 2003/04) a quienes declararan y repatriaran dinero negro depositado en paraisos fiscales o paises vecinos como Luxemburgo.
Además de la economía sumergida y el fraude fiscal, la criminalidad económica impide al estado recaudar cuantiosos fondos: 6.800 millones de euros. La cifra fue publicada por el presidente de la Brigada Federal de lo Criminal el pasado octubre. El fiscal general de Francfort, por su parte, estima en cinco mil millones, los daños causados a las administraciones públicas sólo en proyecto de construcción oficiales.

Y en este contexto de fraude no hay que olvidarse de la corrupción en el sistema de salud pública. La sección alemana de Transparency International y la Federación de Asociaciones de Consumidores presentaron en noviembre un informe en el que estiman en hasta 20.000 millones de euros los daños causados por la corrupción a la sanidad publica germana. Ambas organizaciones comparan la situación de Alemania con la de otros estados industrializados, donde la corrupción en este sector devora entre el tres y el diez por ciento del gasto total. En el caso germano los autores del estudio colocan el volumen defraudado más cerca del diez por ciento, es decir 20.000 millones de euros.
Uno de los capítulos que según los expertos se presta más fraudes es el de las medicinas. Un ejemplo es el software para seleccionar medicamentos en las consultas médicas. Esos programas, patrocinados por las grandes industrias farmaceúticas y entregados gratuitamente a los médicos, privilegian las opciones de las empresas patrocinadoras, despreciando la variable costes y el bienestar del paciente.
Otro capítulo sensible es el marketing de la industria farmaceútica, un rubro que mueve miles de millones de euros anualmente. Muchos de los nuevos remedios lanzados al mercado no aportan nada nuevo y sólo disparan los costes de los seguros médicos. En ese sentido las organizaciones de consumidores denuncian el papel de los científicos encargados de elaborar, sin ningún escrúpulo, informes a gusto de la industria farmaceútica con el solo objetivo de avalar publicitariamente un nuevo producto. Los grandes grupos también están detrás de algunos grupos de auto-ayuda para pacientes, en los que bombean generosas sumas de dinero. En general se controla poco y mal, según los autores del informe citado, pero además hay que añadir las dificultades de orientarse en la maraña de 300 seguros de enfermedad (entre los integrados a la sanidad pública, los concertados y privados), organizaciones médicas y otros colectivos profesionales que generan un volumen de corrupción al que solo unos poderes públicos con mucho coraje pueden hincar el diente. Tal vez por eso el gobierno roji-verde decidió evitar enfrentarse a la poderosa industria farmaceútica (y a los lobbies médicos) y cargar el peso de la reforma sanitaria de 2003 a las espaldas de asegurados y pacientes a través de recortes de prestaciones y de pagos adicionales por las consultas médicas y estancias hospitalarias (hasta un tope del dos por ciento del sueldo bruto anual). Con la reforma se pretende aliviar el abultado déficit de los seguros de enfermedad. A cambio de esos recortes, se preveía un descenso progresivo de las cuotas al seguro, del actual 14,3 por ciento al 13,6 por ciento en 2005, hasta situarse en el 12,15 por ciento en 2006. La ministra de Sanidad, Ulla Schmidt, admitió a mediados de noviembre que la reducción de las cotizaciones será inapreciable.

El fraude tiene, por supuesto, más caras en Alemania (cuentas paralelas y malabarismos contables de los partidos políticos, sector inmobiliario, trampas en las ayudas de la UE,-donde Alemania es subcampeona europea-, etc.); nos ocuparemos de ello en próximas entregas de Berlinsur.

Luis M. Rivas. Diciembre 2004

(Fuentes: Johannes M. Becker, Coordinador del Centro de Investigación de Conflictos de la Universidad de Marburg; en Junge Welt, 20.XI.04)